LA PIRÁMIDE INVERTIDA

Uno de los grandes retos de nuestra profesión pasa por asumir las responsabilidades medioambientales de nuestras obras. Y difundirlas a todos los estamentos involucrados. Pero el crecimiento continuo de esta responsabilidad recae únicamente sobre el arquitecto con el peso de una pirámide invertida que crece sin control, cuando la forma lógica de distribución de funciones sería la de una matriz organizada. Y todo ello, sin que la sociedad, verdadera beneficiaria de este trabajo, sea consciente de ello. Nuestra formación, nuestro reconocimiento y nuestra función deberán redirigirse hacia este equilibrio entre capacidad personal y reconocimiento social.

Hechos: La mitad del consumo energético mundial pasa por el sector de la construcción. El 80% de la edificación que producimos es residencial. Sin embargo, será motivo de noticia aquel cliente que se acerque a un arquitecto preguntándole el consumo exacto de su vivienda. Y no hablemos de aquel que solicite una reducción del mismo. Es uno de los problemas más globalizado y reconocido de nuestro planeta. Pero aún no parece haber llegado a nuestros tableros de forma real.

Nuestra sociedad se transforma desde hace unos años de una manera acelerada y silenciosa. Grandes grupos mediáticos han aprendido a educar a su público objetivo desde acciones muy anteriores al propio hecho del consumo. Las comunicaciones propician el conocimiento sobre la alta calidad en imagen mucho antes de ofertar televisores capaces de reproducirlas. La automoción supo girar la exigencia de velocidad hacia la de seguridad anticipándose a las limitaciones de consumo y emisiones. Y todos estos procesos se han realizado desde la organización, la anticipación y la colaboración. Y sobre todo, desde la concienciación del usuario final, de manera que sea este mismo quien exija los cambios de una manera conductivista.

El sector de la arquitectura española no ha aprendido de esta experiencia. Al contrario. Hemos asumido como propias tendencias de un mercado descontrolado y falto de criterio. Y a la vez, recibido la responsabilidad emanada de normativas cada vez más exigentes. Sin que nuestro público objetivo fuese consciente de ello. Sin que se le haya educado para asumir estos cambios.

Y con esta inercia, llegamos a un panorama en el que nuestra propia función es dudosa hasta para nosotros mismos. Sectores diferentes a la arquitectura han entrado en el ámbito de la construcción. Y funciones que hasta ahora no habíamos contemplado, las hemos interiorizado en nuestro proceso sin apenas valorar su carga. Y sin hacer que se valore.

¿Para quién trabajamos? Porque no tenemos un solo cliente. ¿Trabajamos para quien paga nuestros honorarios, o para aquellos antes los cuales tenemos que rendir cuentas? Al igual que en la pirámide de Maslow, para conseguir un nivel de satisfacción primero hay que haber superado los anteriores más básicos. Solo que en nuestro caso, la pirámide está invertida. La obtención de licencias es solo la punta de esa pirámide, la consecución de un mínimo. Pero si queremos llegar a la verdadera satisfacción de nuestro cliente, deberemos ampliar nuestra implicación, y factores como la calidad comienzan a planear sobre nuestro tabajo. Y el peso de la pirámide crece. Pero sigue recayendo sola y exclusivamente sobre el mismo profesional, sobre los mismos honorarios y sobre el mismo reconocimiento.

¿Y si queremos satisfacer las obligaciones medioambientales de nuestra sociedad? Estas se encuentran muy alejadas de nuestra estricta obligación contractual. Y por supuesto, de las expectativas de nuestro cliente directo. Es más, en la mayoría de los casos, entran en conflicto con sus intereses particulares. Pero esta espiral no acaba aquí. Para poder acometer la escala energética de la edificación, el arquitecto debe asumir de una vez por todas la limitación de su formación académica, y empezar a actualizar y ampliar conocimientos y recursos técnicos y humanos que dedicar al proyecto. Mayor peso de la pirámide, mayor inestabilidad del conjunto, mismo y único sustentador.

Que el crecimiento de esta pirámide permanecerá estable y continuo, ya no es una mera suposición. Los hechos nos han demostrado que la complejidad del sistema constructivo supera con creces nuestra visión individual y nuestra formación superficial. Los aspectos medioambientales inciden tanto en la edificación como en el urbanismo. En los usuarios. Se relacionan con los proveedores de suministros y sus estrategias. Con la elección de materiales y soluciones constructivas. Son ajenos a la financiación habitual, ya que los ciclos de amortización se dilatan en el tiempo más allá de los de compra venta. No son valorables en el corto plazo, ni proporcionales a los criterios clásicos de baremación de honorarios.

Y lo que es más importante: las cuestiones energéticas no son solicitadas por el colectivo ante el que respondemos en primera instancia, nuestro cliente.

Sin embargo, nuestra profesión nos obliga a dar una respuesta ante la sociedad y su futuro. Ante la sociedad como colectivo. Porque esa es parte de nuestra profesión. Y esa es la potestad que nos otorga nuestra sociedad cuando diseñamos. Y la obligación que nos impone al hacernos garantes de sus leyes. Pero si no reivindicamos ese espacio, y redefinimos la forma en que este aumento de competencias repercute en nuestro trabajo, el desequilibrio llegará a destrozar la imagen que de nuestra función tiene esa misma sociedad que nos la encomienda.

Si con el símil de la pirámide invertida se define la situación actual, será la de la matriz la figura necesaria para conseguir acometer los retos medioambientales en nuestra profesión. La forma matricial de organización permite aumentar los recursos a medida que crecen las responsabilidades, y transmitir así el volumen de nuestro trabajo a todos los que serán beneficiarios de él.

Este cambio de concepción permitirá a su vez la incorporación sincronizada de técnicos de diversa naturaleza, definiéndose sus responsabilidades y áreas sin que el arquitecto sienta el peso de su trabajo sobre sus hombros. Ni la obligación de asumirlo sin más. Pero para ello, deberán realizarse varias acciones previas:

• Asunción de nuestras propias limitaciones como arquitectos

• Valoración de la importancia de los aspectos energéticos en nuestros procesos

• Generación de una ciencia medioambiental propia de la Arquitectura, afable y efectiva

• Lanzamiento de campañas de concienciación social

• Tarifación proporcional al nivel de implicación del técnico

• Motivación positiva del mercado con medidas fiscales

Es un camino sencillo. Demasiado sencillo. Porque son muchos sectores los que quieren entrar en este nuevo ámbito. Con mayor o menor derecho. El actual valor comercial de todo lo relacionado con medio ambiente enturbia la legitimidad y ética de algunos de ellos. Pero, si en verdad queremos hacernos valedores de nuestra posición, es tiempo de demoler estas antiguas e incómodas pirámides y demostrar nuestra capacidad de adaptación a las nuevas formas de trabajo.

Víctor Moreno
arquitecto